El viento caliente, era el presagio de lluvia, al menos era lo que decían en su ciudad natal. Cuando era pequeño, celebraba aquellos días en los que su madre se daba por vencida, aceptando la agitación de su cabello diferente a su peinado habitual. El tipo de viento bueno para aprovechar el balcón y el silencio de la casa siempre y cuando el agua se mantenga en el interior de las nubes esparcidas.

Ahora, veía a Marina y los niños en el huerto, la televisión silenciosa, la cocina sin restos de uso hace ya mucho tiempo. Podría escoger uno de los libros de la antigua biblioteca, quitar el polvo plantado allí, fingiendo que leía, imaginándose la vida que siempre quisiera tener, dejando el reloj olvidado en algún cajón, aunque acababa apenas de dejar a la familia con el fin de aprovechar la casa antes de colocarla a la venta. No sabía si era seguro que la venderían. Al final, el piso y la oficina estaban a pocos minutos de distancia en carro, por lo que no sería mala idea mantener ese refugio para momentos de descanso.

Imaginó una tarde de ocio en plena semana de trabajo, quedarse en el balcón disfrutando las cálidas brisas o caminar hasta el parque que estaba cerca. Tener una casa de campo para los momentos en que el piso o la oficina fueran intolerables era un sueño bucólico, con aires de viento caliente.

Una cubierta le llamó la atención por la imagen desvanecida que suplantaba al título malo. Recogió el libro e ingresó por las esquinas de la fotografía antigua. El tono sepia se parecía al de la calle que lo trajo hacia allí. Las hojas dislocadas de las copas de los árboles hacia la vereda y los céspedes poco frescos le hacían recordar su recorrido antes de pensar en beber para espantar el frío de su interior.

No leyó ni siquiera un párrafo, solo hojeó rápidamente y se tropezó en una u otra palabra, pero ninguna parecía tener la tonalidad de aquella escena que lo interesó. Sintió nostalgia por la casa de los abuelos, del olor a pan que lo recibía al regresar de la escuela y de las tareas que había que completar antes de poder morder la suave masa llena de puntos de semillas de anís y luchar con la capa de nata que se formaba en la superficie del café con leche. Hizo un gesto como si deseara aflojarse la corbata, que no estaba puesta en aquel momento, pero era más interno el nodo que lo incomodaba.

Abandonó el libro como si repitiera el gesto de salir de casa cargando solamente una mochila, sin avisar nada a los padres, dejando un beso quieto en la cara de la abuela, que ya no distinguía entre la salida del niño hacia la escuela y una despedida duradera y llena de aflicción que costaría vencer. Ya en la vereda por la cual alcanzaría el rumbo de su refugio, pensó en la portada del libro no leído; la imagen era una foto que le hubiera gustado tomar. Caminó concentrado en las sensaciones que el viento difundía por la calle, decidido a buscar su cámara y salir nuevamente a la calle para encontrar un marco de foto que pudiera capturar toda la melancolía que la ciudad despertaba en él. Yendo por los bordes de su trayecto, las pocas hojas del árbol cuyo nombre desconocía continuaban desprendiéndose de las ramas y se arrastraban en la misma dirección de sus pasos.

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