La temperatura en el interior de la librería era glacial; la iluminación, acogedora, pero, por la falta de ventanas, no se podía adivinar el color del día afuera del centro comercial. Esto propiciaba un distanciamiento de la realidad externa que el reloj no lograba resolver.

Los estantes altos, de madera oscura, eran atractivos a la vista y al tacto, y cuando las tocó, tuvo la impresión de que debería llevar un abrigo más. La velocidad de todos a su alrededor le causaba algo de incomodidad. La mayoría de los clientes entraba en la tienda y se dirigía a los estantes bien identificados. Después de un breve esfuerzo por localizar el tema buscado, alcanzaba el objeto de interés e iba hacia el cajero. Solamente había una o dos personas que, como él, caminaban sin prisa y sin querer la ayuda de los empleados ni de sus computadoras. Alguna vez lo intentó, pero la joven no sabía ni siquiera digitar correctamente el nombre dictado, incluso menos probable era la posibilidad de un intercambio de ideas sobre el autor o su obra. Mejor buscar por su propia cuenta, vagar al azar.

Caminar sin rumbo definido era un buen tipo de ocio, pensó al salir con un libro bajo el brazo. Fue por el camino con piso de tierra entre los canteros, como un nuevo experimento, y se acumuló el polvo en los zapatos. De lejos vio niños a quienes no les importaba que la tierra se adhiriera a la piel, ni parecían sentir la falta de la televisión ni de los juegos electrónicos.

Tuvo la impresión de que alguien le había saludado desde lejos, pero quizás fuera solo una impresión suya; igual le devolvió el saludo. Siguió por la ruta sinuosa del parque, dejando que el viento templado lo empujara suavemente, como el movimiento del columpio que había en el balcón de la casa de su infancia, hacia la cual tenía ganas de regresar por todo el siempre.

Antes de emprender el camino de regreso para casa, nuevamente intentó acomodarse en el césped cerca del antiguo quiosco, dónde la sombra

Cuando tuvo la certeza de que no conseguiría concentrarse en la lectura, se enfrentó al vaivén de las personas con una hostilidad sincera que le corroía y abandonó el lugar. Alejarse de los que miraban las vitrinas era una rutina para él y ahora, sin dinero siquiera para un café, el camino se resumía en enfrentar el reloj, que demarcaba su tiempo, como un exiliado de su territorio de costumbre. En la calle, observaba la vida en movimiento, intentando alcanzar el ánimo de los pasantes, pues lo suyo lo abandonaba cada invierno un poco más y tampoco regresaba totalmente cuando el frío desaparecía. La gente caminaba indiferente a su búsqueda, llena de propósito en su deambular. Algunos hablaban por teléfono para quedar en encontrarse para cenar o para ir a la hora feliz; otros andaban como en remolque, cogiéndose las manos, sin prestar atención a nada de lo que les rodeaba. Había incluso personas que simplemente miraban el tránsito desde los bares, a través de sus vasos y copas. Él huía del único rumbo disponible y se dejaba consumir por el desamparo, pero tuvo la suerte de subirse en un autobús antes de que cayera la lluvia. Caso contrario, se hubiera mojado el libro que todavía deseaba leer. En realidad era suerte que todavía no supiera el rumbo ni el destino de esa línea.

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