La temperatura en el interior de la librería era glacial; la iluminación, acogedora, pero, por la falta de ventanas, no se podía adivinar el color del día afuera del centro comercial. Esto propiciaba un distanciamiento de la realidad externa que el reloj no lograba resolver.

Los estantes altos, de madera oscura, eran atractivos a la vista y al tacto, y cuando las tocó, tuvo la impresión de que debería llevar un abrigo más. La velocidad de todos a su alrededor le causaba algo de incomodidad. La mayoría de los clientes entraba en la tienda y se dirigía a los estantes bien identificados. Después de un breve esfuerzo por localizar el tema buscado, alcanzaba el objeto de interés e iba hacia el cajero. Solamente había una o dos personas que, como él, caminaban sin prisa y sin querer la ayuda de los empleados ni de sus computadoras. Alguna vez lo intentó, pero la joven no sabía ni siquiera digitar correctamente el nombre dictado, incluso menos probable era la posibilidad de un intercambio de ideas sobre el autor o su obra. Mejor buscar por su propia cuenta, vagar al azar.

Casi nunca tenía algo de tiempo disponible, pero, por un aviso de corte programado de la energía eléctrica, regresar a casa no era muy conveniente. ¿Imagínese la pesadilla de no tener aire acondicionado durante horas con la temperatura que hacía?

Mientras meditaba sobre hechos recientes y anteriores, aprovechó la colección de libros que estaban a su disposición, escogió un libro sobre el oficio de traductor, alimentando el sueño impreciso de abandonar el empleo y poder permanecer en un espacio tranquilo con sus páginas e ideas. Trabajar como traductor parecía una alternativa para continuar pagando la deuda de su casa, si tuviera la valentía de abandonar la contabilidad.

Durante esos sueños no acostumbraba tomar en cuenta su conocimiento limitado de otros idiomas ni el hecho de no haber vivido fuera del país, lo que le pudiera ayudar en los momentos en que una expresión regional lo hiciera dudar del significado. Revisó los capítulos sin detenerse en ninguno.

Abandonó el libro como si repitiera el gesto de salir de casa cargando solamente una mochila, sin avisar nada a los padres, dejando un beso quieto en la cara de la abuela, que ya no distinguía entre la salida del niño hacia la escuela y una despedida duradera y llena de aflicción que costaría vencer. Ya en la vereda por la cual alcanzaría el rumbo de su refugio, pensó en la portada del libro no leído; la imagen era una foto que le hubiera gustado tomar. Caminó concentrado en las sensaciones que el viento difundía por la calle, decidido a buscar su cámara y salir nuevamente a la calle para encontrar un marco de foto que pudiera capturar toda la melancolía que la ciudad despertaba en él. Yendo por los bordes de su trayecto, las pocas hojas del árbol cuyo nombre desconocía continuaban desprendiéndose de las ramas y se arrastraban en la misma dirección de sus pasos.

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