El viento caliente, era el presagio de lluvia, al menos era lo que decían en su ciudad natal. Cuando era pequeño, celebraba aquellos días en los que su madre se daba por vencida, aceptando la agitación de su cabello diferente a su peinado habitual. El tipo de viento bueno para aprovechar el balcón y el silencio de la casa siempre y cuando el agua se mantenga en el interior de las nubes esparcidas.

Ahora, veía a Marina y los niños en el huerto, la televisión silenciosa, la cocina sin restos de uso hace ya mucho tiempo. Podría escoger uno de los libros de la antigua biblioteca, quitar el polvo plantado allí, fingiendo que leía, imaginándose la vida que siempre quisiera tener, dejando el reloj olvidado en algún cajón, aunque acababa apenas de dejar a la familia con el fin de aprovechar la casa antes de colocarla a la venta. No sabía si era seguro que la venderían. Al final, el piso y la oficina estaban a pocos minutos de distancia en carro, por lo que no sería mala idea mantener ese refugio para momentos de descanso.

Imaginó una tarde de ocio en plena semana de trabajo, quedarse en el balcón disfrutando las cálidas brisas o caminar hasta el parque que estaba cerca. Tener una casa de campo para los momentos en que el piso o la oficina fueran intolerables era un sueño bucólico, con aires de viento caliente.

Caminar sin rumbo definido era un buen tipo de ocio, pensó al salir con un libro bajo el brazo. Fue por el camino con piso de tierra entre los canteros, como un nuevo experimento, y se acumuló el polvo en los zapatos. De lejos vio niños a quienes no les importaba que la tierra se adhiriera a la piel, ni parecían sentir la falta de la televisión ni de los juegos electrónicos.

Tuvo la impresión de que alguien le había saludado desde lejos, pero quizás fuera solo una impresión suya; igual le devolvió el saludo. Siguió por la ruta sinuosa del parque, dejando que el viento templado lo empujara suavemente, como el movimiento del columpio que había en el balcón de la casa de su infancia, hacia la cual tenía ganas de regresar por todo el siempre.

Antes de emprender el camino de regreso para casa, nuevamente intentó acomodarse en el césped cerca del antiguo quiosco, dónde la sombra

Dejó la lectura y el alboroto a un lado, inhaló largamente y escogió el camino menos recto posible para gastar el atardecer antes de volver a su casa. En los callejones, por donde no solía caminar, se dedicó a un andar pausado, entre la indolencia y el esmero de los movimientos, mientras contemplaba las fachadas antiguas. Algunas de las casas, las bien conservadas, se remontaban a la época en que el barrio estaba ocupado por comerciantes prósperos que, en los intensos veranos, conversaban con sus vecinos en la vereda, mientras que el calor no favorecía las conversaciones dentro de las casas sin aire acondicionado. Imaginar las rutinas de otros tiempos era una forma de hacer que desapareciera el descontento con el momento actual y le producía un misto de satisfacción y tranquilidad. Incluso pudo pensar en la usual falta de interlocutores en su casa sin pesares. Y le llenaba de aquel calor vivido por los demás, como si sintiera una caricia, y se alegraba con los colores que su mirada iba recogiendo en los lechos de las plantas exuberantes, a pesar de estar algo sedientas, junto con los residuos de música que escapaban hacia la acera. La prórroga del silencio habitual dilataba esa alegría inseparable de la ausencia de paredes y traía una decisión: llamaría a Andrea para observar el atardecer en el río Guaíba, como solían hacerlo.

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