Walter dejó el domingo trancado en el apartamento, sumergido en el aire caliente que venía de la pared expuesta al sol todo el día, y se fue a fusionar con los ciclistas del parque, curvando para evitar los carritos de palomitas de maíz y de guarapo de caña, deambulando atento entre los grupos que conversaban a la sombra, esparcidos por el césped, huyendo del sol, pidiendo que llegara pronto un aguacero para refrescar la noche y permitir un sueño tranquilo. El niño mugriento de pantalones cortos espiaba al guardia municipal para ver si podía meterse en la fuente del parque, no como una travesura, sino porque necesitaba bañarse. El lugar estaba lleno de movimiento: antiguos discos LP, revistas que ayudaban a recordar otros tiempos, libros de todo estilo, porcelanas extraviadas del conjunto al que pertenecieron algún día. Pensó en buscar detenidamente las cajas de libros para tener compañía o un escape a lo largo de toda la tarde, pero por la pereza y el calor, tenía ganas de buscar una sombra y desconectarse de las angustias de los pensamientos, que dilataban sus gestos en esa dirección.

Una cubierta le llamó la atención por la imagen desvanecida que suplantaba al título malo. Recogió el libro e ingresó por las esquinas de la fotografía antigua. El tono sepia se parecía al de la calle que lo trajo hacia allí. Las hojas dislocadas de las copas de los árboles hacia la vereda y los céspedes poco frescos le hacían recordar su recorrido antes de pensar en beber para espantar el frío de su interior.

No leyó ni siquiera un párrafo, solo hojeó rápidamente y se tropezó en una u otra palabra, pero ninguna parecía tener la tonalidad de aquella escena que lo interesó. Sintió nostalgia por la casa de los abuelos, del olor a pan que lo recibía al regresar de la escuela y de las tareas que había que completar antes de poder morder la suave masa llena de puntos de semillas de anís y luchar con la capa de nata que se formaba en la superficie del café con leche. Hizo un gesto como si deseara aflojarse la corbata, que no estaba puesta en aquel momento, pero era más interno el nodo que lo incomodaba.

Las ganas de leer no tuvieron la fuerza suficiente, por eso se contentó con observar la vida, aunque lo hacía sin despegarse del libro de cubierta dura, una bella edición. Recordó la caligrafía perfeccionada que usaba para firmar los libros que le regalaban, desde cuando era niño. De regreso en la casa donde creció, mirando través de la ventana, disfrutó de la tranquilidad de no tener que dar órdenes ni realizar ninguna tarea. La temperatura agradable que había allí le ayudaba a entender que su acción era prescindible, se tratara del trabajo o de sus pequeñas obsesiones tales como las formas de doblar las camisas y de ordenar los libros en el estante.

Tirado en la vieja silla, cerró los ojos para revisar los hallazgos recientes. El libro cayó al suelo y lo despertó, pero no borró la sonrisa al recordar el sueño de cuando todavía era niño y disfrutaba un chupete espiral multicolorido mientras que su madre regaba las plantas del jardín en donde los lirios comenzaban a florecer.

Dé un título y comparte esta historia