La temperatura en el interior de la librería era glacial; la iluminación, acogedora, pero, por la falta de ventanas, no se podía adivinar el color del día afuera del centro comercial. Esto propiciaba un distanciamiento de la realidad externa que el reloj no lograba resolver.

Los estantes altos, de madera oscura, eran atractivos a la vista y al tacto, y cuando las tocó, tuvo la impresión de que debería llevar un abrigo más. La velocidad de todos a su alrededor le causaba algo de incomodidad. La mayoría de los clientes entraba en la tienda y se dirigía a los estantes bien identificados. Después de un breve esfuerzo por localizar el tema buscado, alcanzaba el objeto de interés e iba hacia el cajero. Solamente había una o dos personas que, como él, caminaban sin prisa y sin querer la ayuda de los empleados ni de sus computadoras. Alguna vez lo intentó, pero la joven no sabía ni siquiera digitar correctamente el nombre dictado, incluso menos probable era la posibilidad de un intercambio de ideas sobre el autor o su obra. Mejor buscar por su propia cuenta, vagar al azar.

Caminar sin decidirse por ningún objetivo ni rumbo preciso parecía una buena manera de ganar el tiempo. Las calles llenas, el parque con puntos de colores y la alegría de una niña con su helado, risas, vendedores ambulantes con chucherías diversas. En poco tiempo, la camisa se le comenzó a pegar a la piel, logrando que envidiara la valentía de los chicos despreocupados que se amarraban la camiseta en la cabeza y desfrutaban del calor con la ayuda de cualquier líquido frío. En su caso, permitirse unos momentos de inactividad bajo el sauce, a un lado del lago, envuelto por la tonalidad verde desmayada que conociera desde la infancia, ya era cosa bastante excéntrica.

El lugar invitaba a la lectura. Había muchos tipos de libros — había novelas como las de quioscos, filosofía, Cervantes, Drummond — y al fin eligió una edición antigua de “El Otoño del Patriarca”. En el extremo del parque, donde la sombra y el césped invitaban para quedarse distante de la agitación de niños y perros, había asientos confortables y casi silencio, a pesar de los movimientos de personas alborotadas por el sol, que parecía exuberante y no daba tregua. Se adelantó unas pocas páginas, pero el tono de la narración se oponía a la temperatura que lo envolvía como una enredadera que crece rápidamente en la época de lluvias.

Dejó la lectura y el alboroto a un lado, inhaló largamente y escogió el camino menos recto posible para gastar el atardecer antes de volver a su casa. En los callejones, por donde no solía caminar, se dedicó a un andar pausado, entre la indolencia y el esmero de los movimientos, mientras contemplaba las fachadas antiguas. Algunas de las casas, las bien conservadas, se remontaban a la época en que el barrio estaba ocupado por comerciantes prósperos que, en los intensos veranos, conversaban con sus vecinos en la vereda, mientras que el calor no favorecía las conversaciones dentro de las casas sin aire acondicionado. Imaginar las rutinas de otros tiempos era una forma de hacer que desapareciera el descontento con el momento actual y le producía un misto de satisfacción y tranquilidad. Incluso pudo pensar en la usual falta de interlocutores en su casa sin pesares. Y le llenaba de aquel calor vivido por los demás, como si sintiera una caricia, y se alegraba con los colores que su mirada iba recogiendo en los lechos de las plantas exuberantes, a pesar de estar algo sedientas, junto con los residuos de música que escapaban hacia la acera. La prórroga del silencio habitual dilataba esa alegría inseparable de la ausencia de paredes y traía una decisión: llamaría a Andrea para observar el atardecer en el río Guaíba, como solían hacerlo.

Dé un título y comparte esta historia